Iben Arabi, nacido en Murcia en 1155 y muerto en Damasco en 1240, es uno de los más grandes pensadores místicos de la península ibérica.

Su pensamiento encumbra los filósofos griegos, Platón y Empedocles; la tradición de Ibn Massara de Córdoba, así como la herencia cristiana a través de los gnosis de Prisciliano y el mensaje de amor de Jesús.

De entre sus obras más celebradas destaca ” Fusus al-Hikam” (Perlas de la sabiduría) y “Risalat alquds (Epístola de Santidad).. Estos escritos constituyen un antecedente a los místicos españoles Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, y tiene de base una profunda fe religiosa.

La fe tal y como la comprende Iben Arabi, hace posibles todas las empresas que no transpongan los limites naturales de la realidad. La fe en Dios y en uno mismo, la divina confianza en la aptitudes personales opera verdaderos prodigios.

A no ser por los extravíos de la mente, la fe sería la regla general de la vida humana en vez de ser una excepción,  pues Dios no nos infundió el espíritu del temor sino del amor y la superación.  Desgraciadamente  la mayor parte de los hombres se miden por su flaqueza, en lugar de medirse por su fortaleza.

El  ser humano hoy en día, no advierte el valor de la fe como fuerza creadora. No solo no es una positiva fuerza, sino una de las mayores que conocemos , pues las hazañas humanas están en proporción a la intensidad y persistencia de la fe en ellas.

El sufista Iben Arabi se levanta en la encrucijada de culturas y religiones de la antigua Hispania; entre el mundo antiguo y el moderno. Es el crisol de dos edades,  en las que  se unen el mundo cristiano y el musulmán, el oriente y occidente,  lo divino y lo humano,  lo material e inmaterial.

Así Iben Arabi escribe en “el interprete de los deseos ardientes”;

… Mi corazón se ha hecho capaz de aceptar todo:  pasto para gacelas y convento para monjes,  templo para ídolos y Ka’aba para el peregrino.  Es lo mismo las tablas de la Torah y el libro del Corán”…

Por último y como abogado no puedo más que admirar la respuesta que dió a los maestros  Sevillanos Abuabdala B. Almochahid y Abuabdala B. Caisum respecto del examen que hacen de las obras y las palabras, cuando les replica:

“La intención en las obras es como el sentido en las palabras;  las palabras, en efecto, no tiene valor en sí mismas, sino por la idea que encierran.”